jueves, 27 de marzo de 2014

Pétalos Marchitos (Pétalos de papel #2) - Capítulo 2



Marcus
Prisionero

El arrepentimiento llega unido a las preguntas.

¿Qué habría pasado si no hubiera abierto el libro? Si no hubiera pedido a las páginas que me devorasen, que me alejasen de la vida que tan bien estaba yendo antes de aparecer aquí… ¿Qué hubiera pasado si hubiese quemado el tomo hace tiempo, en lugar de permitir que me siguiera torturando desde el cajón? Nunca hay respuesta a los interrogantes. Una voz en mi cabeza me repite que no puedo saberlo, mientras unos ojos que solo perviven en mis pesadillas me observan como fantasmas ciegos desde las paredes desnudas de mi celda. «No podías haberlo sabido». Y aunque soy consciente de que tiene razón, de que es una locura y una pérdida de tiempo lamentarse por lo que ya ha ocurrido en vez de pensar una solución, el peso de las posibilidades empuja mi corazón hacia abajo. Unos sentimientos que adquieren la forma de una serpiente maligna y venenosa, los remordimientos, se pasean entre mis costillas y me dejan sin aliento en los momentos menos pensados. Me asfixian. La culpa se alimenta de mí lentamente. Y a medida que yo me deshago, que pierdo el norte, la habitación se estrecha a mi alrededor. El techo parece a punto de caer sobre mí. El suelo se aleja un paso más. La puerta se hace más pequeña y, al mismo tiempo, la verja que cubre la ventana lo llena todo, imprimiendo su silueta en la piedra.

Los sentidos se empeñan en recordarme mi condición. Huele a cerrado. El aire es espeso y está viciado de mis momentos de pánico. De la loca carrera de mis pulmones por liberarse de la sensación de encierro. En esos instantes, cuando el pulso se acelera y siento que puedo caer y no volver a levantarme jamás, tengo que sentarme y esconder la cabeza entre los brazos. Me obligo entonces a recordar las palabras que tantas veces le he dicho a Charlotte: “No pasa nada. Estoy aquí. Todo está bien. No hay monstruos debajo de la cama. No hay oscuridad esperando a salir de dentro del armario. Nada puede hacerte daño”. Me lo repito una y otra vez, hasta que las palabras carecen de sentido. Hasta que no son más que masas incorpóreas que se marchan volando. Sé que no hay nada más peligroso ni más aterrador que el ser humano. Él es el único monstruo que existe. El único con el que debo tener cuidado cuando el sol se esconda.

Una vez convencido y calmado, alzo la vista. Las paredes amenazan con derrumbarse. Las sombras se vuelven amenazadoras. El sabor del miedo es el de las monedas de bronce, el de la sangre y la niebla. El sonido es el del más estricto silencio. Aquí nunca llegan las voces de la gente, nunca llegan los ecos de la vida. Sin embargo, a veces el corazón me late en los oídos con tanta fuerza que creo que me volveré loco. Y es que cada pálpito es un paso que me aleja de mi familia. Un instante más de desesperanza en el que las imágenes más horribles me atormentan.

El golpear metálico del cerrojo al descorrerse me saca de mi ensimismamiento con la brusquedad con la que solo la realidad sabe golpearme. Se escuchan voces fuera: una es baja, ininteligible; la otra, fuerte y apremiante, acostumbrada a dar órdenes. Apenas sé cómo debo reaccionar. Mi primer impulso es buscar en vano mi bastón, que esconde el secreto de una espada, aunque pronto me doy cuenta de que no lo he traído conmigo a este mundo. En realidad, para mi mortificación, no tengo absolutamente nada conmigo, aparte de mi ropa, ahora cubierta del polvo del camino. Me levanto. Sea quien sea el que entre, tengo que conseguir que me escuche. No me cabe la menor duda de que ha habido un lamentable error. No pueden encerrarme. No he hecho nada malo, aparte de dejar atrás a aquellos a los que quiero. Pero ¿no será suficiente el castigo que Ilyria me impondrá? Me la imagino roja de rabia, regalándome su indiferencia, volviendo a encerrarse en su cuarto para no tener que compartir mi lecho tras cada atardecer. Y de pronto, a pesar de las paredes asfixiantes y la noche en vela, no puedo concebir tortura más dolorosa que perder sus brazos en torno a mi cuerpo, que saber que está al otro lado del pasillo sin que yo pueda alcanzarla.

La puerta se abre con un sonido de bisagras chirriantes. La vieja madera cruje. Una muchacha es empujada dentro de la habitación, tambaleándose por el peso de una bandeja. Tan rápido como se ha descubierto, mi única salida vuelve a estar bloqueada. La joven también mira hacia atrás, con un suspiro de resignación. Después, con un titubeo, baja la vista y, sin mirarme, da un paso hacia mí. Alargando los brazos, me ofrece el desayuno.

Para mi más profunda vergüenza, mi estómago ruge. No es verdad lo que dicen en las novelas y en los cuentos de hadas. No hay ningún honor en negarse a comer. Me ruborizo, pensando en lo ofendida que se sentiría Charlotte si me viera ahora. Diría que los héroes en los romances nunca están hambrientos. Pero soy humano. Y, como tal, tomo uno de los panecillos que están a mi alcance y me lo llevo a la boca.

Entre mordisco y mordisco, examino a la doncella. No puedo ver bien su rostro, que permanece agachado, en sombras. Sus cabellos pelirrojos, largos, brillantes como el fuego, caen en dos trenzas sobre su pecho. Se mantiene quieta, casi encogida sobre sí misma, dentro de un vestido que le queda un poco grande: este no se amolda a su cuerpo delgado, sino que se arruga a su alrededor, convirtiéndola en una persona aún más diminuta de lo que en realidad es. Sin embargo, me sorprende. Es cierto que no es el estilo de atuendo al que estoy acostumbrado en nobles, pero la tela no parece de mala calidad. Alrededor de su cintura ata un mandil, que cae sobre su falda con ese desorden general que la enmarca.

Trago mi último bocado de pan. Ella sigue en pie, justo enfrente de mí, con las extremidades temblorosas de soportar su carga, por lo que decido librarla del peso. Me acomodo en la cama y termino de saciar mi hambre. Hay carne fría en un plato. Como no tengo cubiertos, suspiro y me quito el guante de la zurda, comiendo con la mano. No estoy acostumbrado, por lo que mis movimientos son algo torpes al principio.

—Gracias —murmuro, sin previo aviso, en el instante que separa un bocado del siguiente. Por el rabillo del ojo la veo dar un respingo, sorprendida por mi voz, que suena algo ronca—. Pero ha habido un terrible error. Yo no puedo estar aquí. No he cometido ninguna falta para que se me encierre, aunque sea en una habitación tan cómoda como esta —prosigo, lanzando una mirada rápida alrededor: a los muebles limpios y a la muchacha misma. Nada evidencia que sea una celda, excepto el enrejado de la ventana. Prisionero en la más alta torre. Como las princesas en las historias de caballeros—. Te ruego que hables con tu señor… o señora. Yo ni siquiera pertenezco a este lugar.

La joven se humedece los labios y alza la cara. Las sombras se apartan. Su piel blanca, enfermiza, está moteada de pecas en sus mejillas rosadas. Debido a su forma de vestir resultaba difícil calcular su edad, pero ahora que me muestra su rostro puedo decir sin miedo a equivocarme que no puede tener más de dieciséis años. Está en plena adolescencia. Es algo que veo en su modestia al apartar los ojos y en su nerviosismo cuando enreda las pequeñas manos en su falda. Los dedos blancos están llenos de pinchazos, probablemente ocasionados por la costura. En su muñeca hay una cicatriz que apenas sí logra esconder bajo las mangas de su atuendo. Estoy seguro de que es un corte. Y de que podría haber resultado fatal. Cuando me fijo en sus iris con más detenimiento me sorprendo al descubrir el color morado. No es exactamente como el de los míos, sino más desvaído, menos brillante. La coincidencia me deja momentáneamente sin habla.

—No ha habido ninguna confusión —me confía, en una voz tan baja que apenas sí puedo oírla por encima del silencio apremiante.

Su intervención me hace fruncir el ceño. Aparto mi comida, pues mi hambre ya ha sido parcialmente saciada, y me pongo de nuevo en pie.

—¿Cómo que no? —exclamo, a medias ofendido de que crea que he hecho algo incorrecto. De que crea que mi encarcelamiento es justo—. No he quebrantado ninguna ley. Estaba en la ciudad, en el mercado. Y entonces, sin previo aviso, esos hombres me rodearon y me apuntaron con sus espadas. Ni siquiera dejaron que me defendiera. Me apresaron y me trajeron aquí.

La sirvienta aprieta los labios. Solo necesita dos zancadas para llegar junto a mí. Parece nerviosa. Se estremece, de hecho, y mira hacia la puerta. Sus ojos incansables se vuelven a posar en mi rostro al segundo siguiente. Tras un instante, avergonzada, los vuelve a bajar. Se fija entonces en mi camisa, con obstinación, como si pudiera ver más allá de la tela y la carne.

—Y están ahí fuera —susurra, muy bajito—. Escuchando esta conversación. Ambos nos meteremos en problemas si seguís protestando —me informa. Su mano corre a su muñeca, a esa cicatriz. Tiembla. Parece que no sería la primera vez que sufre los castigos de sus acciones y sus palabras en la propia carne. Me da pena. Abro la boca, mas ella sacude la cabeza, con lo cual estoy obligado a callar—. Solo terminad vuestro almuerzo. Si me quedo demasiado, sospecharán.

Sé que no debo decir nada. No quiero que una inocente sufra por mi causa, así que me dejo caer sentado de nuevo y me apresuro a terminar. Aún así, no dejo de observarla. Se ha quedado quieta de nuevo, como una estatua, con la vista gacha en una actitud que casi me parece de sumisión. ¿De qué me extraño? En mi mundo también es así. En Albion los criados obedecen ciegamente bajo pena de muerte. Aquí, sin embargo, no son sofisticados en el asesinato. Mientras los nobles de Amyas se lavan las manos en sangre y matan con sus palabras, en este lugar los cuchillos y las espadas valen más que cualquier orden. No obedecen porque su voluntad sea la soga alrededor de sus propios cuellos: lo hacen porque tienen miedo por sus familias.

Apuro los restos de carne del plato y me bebo el vaso de agua que me han traído. Estoy sediento, por lo que no dudo en tomármelo todo de un trago. Un segundo después me arrepiento: ahora me sabe a poco. 

La muchacha recoge la bandeja con rapidez. Parece deseosa de salir de mi celda. Espero que no esté asustada. Abro la boca pero ella se me adelanta, con esa voz suave, apenas perceptible. No puedo evitar comparar a Ilyria con ella: mi protegida tiene un volumen que siempre he considerado inapropiado para interiores. Su tono parece llamar la atención allá a donde vaya. Y, aún así, no he podido dejar de acostumbrarme a sus palabras. A sus susurros a la luz de las velas, en mi despacho, y a sus gritos cuando está en el jardín, jugando con Lottie. ¿Cuánto tiempo habrá pasado en casa? Teniendo en cuenta la diferencia que existe entre los mundos quizá aún esté a tiempo de volver antes de que se hayan dado cuenta de mi partida. A lo mejor en mi hogar solamente han pasado unos minutos. Me aferro a esa idea con todas mis fuerzas.

—Volveré cuando sea la hora de comer.

Me alegra saber que no está entre sus planes dejarme morir de hambre, aunque no puedo rehusar preguntarme por qué no me han ofrecido comida hasta ahora. Ayer nadie vino a verme. La noche ha pasado en soledad. Me levanto una vez más, quizá solo debido a la inquietud.

—Tengo que salir de aquí. Lo entiendes, ¿verdad?

Ella no se digna a mirarme. Quizá precisamente porque sabe que tengo razón.

—No llegaríais lejos. No os esforcéis. Estáis desarmado y hay guardas repartidos por todo el castillo. Quiero… ayudaros. Pero no ahora. Tendréis que ser paciente.

Frunzo el ceño.

—¿Que quieres ayudarme? ¿Por qué? ¿Nos… conocemos?

Sé de sobra que no. No estoy seguro de cuánto tiempo ha pasado desde mi última visita, pero estoy convencido de no haber conocido a ninguna adolescente. Tampoco a ninguna niña, aparte de Charlotte. Intento recordar, mas nada me viene a la cabeza. ¿Acaso no tendría vivos en la memoria esos ojos, si los hubiera visto con anterioridad? Aún así, ¿por qué sino querría ayudarme una joven que veo por primera vez? Soy consciente de que nadie me dará en la vida algo a cambio de nada. Tal vez haya concluido, al examinar mis ropas de calidad, que soy rico. Con toda certeza piensa que le ofreceré una recompensa después. Y aunque tal vez lo haría, el dinero de Albion no tiene ningún valor en este lugar, donde las monedas son de metales preciosos de verdad y no simple artificio de papel.

—Me llamo Allegra.

Su nombre no me dice mucho, aparte de que no es uno corriente en el mundo en el que me encuentro ahora. Me parece más normal de Amyas, donde las palabras de todas las lenguas del universo se mezclan en un abanico de posibilidades indefinidas. Sonrío un poquito, agradado por su confianza. Que me haya dado sus señas, al fin y al cabo, solo puede significar que confía en mí.

—Es un placer —murmuro, bajo, imitándola. Hago una suave inclinación de cabeza, tal y como estoy acostumbrado—. Yo soy…

—Sé quién sois —me interrumpe ella, sin darme tiempo a terminar—. Marcus. Marcus Abberlain.

La puerta se abre de pronto y ella da un respingo, girándose. No hay más palabras. Un brazo se cuela en el cuarto y tira de ella, con brusquedad. Apenas sí soy capaz de atisbar otro brillo de cabellos rojos como el fuego. Me encojo sobre mí mismo al escuchar el portazo y aprieto los labios. El plato de cerámica en el que comí se rompe al otro lado de la madera. No me es difícil discernir lo que está pasando. Un golpe me ha advertido de la caída de la muchacha y de que la bandeja se ha estrellado sin remedio con ella. Aunque debería sentir que la traten a empujones y luego se rían de ella, lo cierto es que las preguntas me surcan la mente y son lo único en lo que puedo pensar. Una de ellas, entre todas las demás, se abre paso y llena la estancia.

¿De quién soy prisionero?

***

Espero.

Las horas pasan sin fijarse en mí mientras observo como el mundo sigue su marcha, inmutable, más allá de la ventana. No hay mucho que ver, a excepción del efecto del sol en los colores: en las montañas lejanas y en el mísero pueblo a mis pies. Las casas se disponen sin un orden previsible, formando meandros en el fluir de las calles, que están trazadas a voluntad de los aldeanos. Los humanos asemejan hormigas desde aquí, moviéndose atareadamente, ajenos a mi desesperación.

Sé que debería pensar en marcharme, en volver a casa al precio que sea, pero lo único que llena mi mente en este momento es la necesidad de respuestas. No creo en las coincidencias. Si algo me ha enseñado la aparición de Ilyria y su estancia con nosotros estos últimos tiempos es que no existen las casualidades. Todo es parte de un plan mayor… Hay algo que rige nuestras vidas, llámese Destino o dioses. Algo contra lo que, espero, se pueda luchar.

Me aparto de la reja de hierro y miro a mi alrededor. Si tan solo encontrara una forma de salir de la habitación e ir a buscar a aquel que me mantiene prisionero… Aprieto los labios y me siento en la cama, al tiempo que un largo suspiro escapa de mis labios. No hay nada que hacer aquí dentro. El día anterior golpeé la puerta sin éxito, con la esperanza de que alguien me abriera. Hoy ya sé que eso es completamente inútil. Si pierden la paciencia lo mínimo que me ganaré serán un par de golpes.

Me dejo caer hacia atrás. El techo de piedra se ve demasiado desnudo sin el fresco del Sol y la Luna al que estoy tan acostumbrado en mi propia habitación. Las sábanas están frías y no tienen el agradable olor a lavanda que me hace sentir en casa. El silencio, una vez más, se me antoja asfixiante. Echo de menos la voz cantarina de Lottie y el acento exótico de Yinn resonando escaleras abajo, al igual que los pasos callados de Angela, que nunca hace más ruido del imprescindible. Añoro el sonido cadente de la pluma deslizándose sobre el papel y las hojas arrastrándose entre mis dedos cuando paso las páginas. Frunzo el ceño y de nuevo me concentro en la sala en la que estoy ahora. Me doy cuenta de que hay algo que falla. Es cierto que soy un preso, pero la habitación es digna de cualquier caballero. Me irgo sobre los codos y reviso el mobiliario. Hay un armario, aparte de la cama en la que estoy recostado. Una mesa y una silla deben servir a modo de escritorio, o tal vez de improvisado comedor. También hay una pequeña cómoda. Pero ni un solo libro. Ni una sola hoja de papel. Si bien es cierto que los manuscritos y los tomos son algo precioso, en este cuarto lujoso, donde las cortinas que cuelgan del dosel son de terciopelo, no deberían faltar. Cuando la madre de Charlotte vivía, su casa estaba llena de los más preciosos volúmenes. Recuerdo las miniaturas en las páginas, hechas con oro puro, brillante y refinado.

Me levanto y me acerco al armario. Hay ropas dentro que probablemente me tenga que poner si estoy obligado a quedarme aquí. La cómoda de madera oscura, en cambio, está vacía, a excepción de un par de platos y algunas copas. La puerta se abre a mis espaldas al tiempo que termino de inspeccionar su interior. Me doy la vuelta. Allegra, la sirvienta que me trajo el desayuno, está allí de pie, con otra bandeja entre sus brazos finos.

—La comida.

La entrada sigue abierta a sus espaldas. Hay un muchacho apoyado contra el marco, mirándome con los mismos ojos penetrantes y claros que la muchacha. Viste de caballero, con su capa sobre los hombros y la espada al cinto, sobre el pomo de la cual deja caer su mano distraídamente. Su piel blanca y sus cabellos pelirrojos no me dejan la menor duda de que es familiar de la joven que sigue de pie entre los dos. Hay algo perturbador en su mirada, que me deja entrever un alma primitiva y violenta. En la forma en la que sus labios se arrugan con lo que me parece rabia contenida.

Aprieto los dientes y doy un paso hacia él.

—Deseo salir de aquí.

Él alza las cejas. Su cara se contorsiona en una media sonrisa casi sádica.

—Tus deseos son órdenes para mí, por supuesto. La puerta está abierta. Adelante.

Con un ademán que me invita a probar la libertad se aparta de la salida. Sus ojos chispean de puro deleite. Obviamente, para él no soy más que un divertimento. Si me atrevo a salir, cosa que no espera, el castigo será brutal. Me fijo de nuevo en la muñeca de Allegra, en su cicatriz a medias oculta, que parece arder sobre la piel clara. Algo me dice que no debo meterme con ese muchacho. Que no existirá lógica en su razonamiento si intento hablar con él. Respiro hondo y tomo la bandeja que la joven aún me ofrece. Desganado, la dejo sobre la mesa, intacta, sin pensar en probar bocado en este momento.

—Escuchadme, por favor. Ha habido un terrible error.

—Eres Marcus Abberlain —dice el chico en ese tono burlón suyo. No es una pregunta pero, aún así, tras un titubeo, asiento—. Entonces, no hay ninguna equivocación. Es a ti a quien buscábamos.

Frunzo el ceño, pasándome una mano por la cara. Sigue habiendo algo en todo este asunto que, aunque parece obvio para ellos, a mí se me escapa.

—No he cometido ningún delito.

El muchacho se encoge de hombros.

—Nadie ha dicho que lo hicieras. Su Majestad quiere verte, simplemente. Eres nuestro invitado, Marcus Abberlain, no nuestro prisionero. ¿No es así, Allegra?

Ella no responde, con la mirada obstinadamente clavada en el suelo. Parece incluso más cohibida de lo que estaba por la mañana. Evito molestarme por el tono con el que pronuncia mi nombre completo y me vuelvo hacia él, poco dispuesto a permitir que siga atormentando a la doncella que tanto miedo parece tenerle.

—¿Encerráis bajo llave a todos vuestros visitantes?

—Solo a los que no se quedarían si no fuese por esa pequeña coacción.

Doy un respingo. La voz que ha hablado me suena conocida, pero no logro identificarla. Mis ojos vuelan más allá de la entrada. Una gran figura se alza bajo el dintel, con una pesada capa roja sobre sus hombros y adornada con el oro más puro. Unos iris idénticos a los míos me devuelven la mirada. El rostro ojeroso está pálido y algo arrugado. Aún así, ha conseguido conservar esa aura de poder que ni siquiera la edad osa tocar. Sus labios finos se contorsionan hacia arriba y yo aspiro todo el aire que mis pulmones son capaces de almacenar. Su presencia es como un golpe en el estómago. Como darte cuenta de que tus peores pesadillas se han hecho realidad. Que han salido de tu mente y, corpóreas, se han plantado delante de ti para guiarte hacia la demencia. Hacia la perdición.

Hacia recuerdos de fuego y papel. De dolor. De soledad.

—Padre…









¡Feliz semana y gracias por leer! :)

5 comentarios:

  1. Lo sabía! =D ayyyy no puedo esperar una semana para seguir >.< más más más <3

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  2. Por diosssssssssssss!.....GRACIAS! Adoro La Novela!!! :D

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  3. Ay, qué angustia, pobre Marcus DD: ¿Qué le habrán preparado? ¿Y qué le han hecho a Allegra? :( Tengo ganas del siguiente, muchas *____*.

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  4. Gracias por los comentarios, chicas ;)

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