jueves, 20 de marzo de 2014

Pétalos Marchitos (Pétalos de papel #2), Prólogo y Capítulo 1.

¡Buenas tardes, extranjeros! 

Si estáis atentos a nuestras redes sociales ya lo habréis descubierto: la segunda parte de Pétalos de papel, la novela que hemos escrito Selene M. Pascual y yo, Iria G. Parente, y que le da nombre a este blog, se irá subiendo semanalmente por capítulos aquí mismo. Hemos llegado a esta decisión dado el gran número de lectores que nos reclamaba la segunda parte. Esta todavía no está completamente escrita y no contamos con el tiempo necesario para volcarnos en su escritura y traérosla entera en un tiempo razonable, así que hemos decidido que esta opción es la más satisfactoria tanto para los lectores como para nosotras. 

Los capítulos se subirán en forma de entrada, pero también podréis descargar los PDFs correspondientes a cada capítulo en la sección de Descargas del blog, donde sigue estando también, para los que no la hayan leído, la primera novela de la saga. 

Sin más dilación, agradeceros a todos los que seguís ahí el apoyo, el ánimo y vuestras ganas de continuar con esta novela. Vosotros sois los que nos hacéis seguir y los que mantenéis con vida a Marcus e Ilyria y a todo su mundo.

Así pues... ¡Que se abra el libro y comience el viaje!  



~* Prólogo*~

Las letras cobran vida. Se convierten en brazos. En cuerpos. Nos apresan. Nos toman de las muñecas y nos arrastran sin dejarnos opción. Nos empujan hacia el vacío. Hacia las tinieblas. Mi mano desnuda aprieta la de Ilyria. Me siento repentinamente vacío. Soy consciente de que ella es lo único que me ata aún a la cordura. Cuando me mira, preocupada, yo ni siquiera puedo fingir una sonrisa. Volver a casa con ella es un alivio y, sin embargo…

Pienso un segundo en lo que dejo atrás. En el silencio que se ha hecho con este reino durante años. En la pérdida y la desesperación. En la injusticia y en el poder que corrompe. Aprieto los párpados y sé que nunca más podré borrar esa imagen de mi mente. Hay una lágrima fugitiva que se descuelga de mis pestañas. Hay unos dedos suaves que conozco y que intentan borrar el rastro de llanto. Ambos estamos desolados. Ambos nos culpamos de no poder hacer nada. Aunque siempre me habían parecido inofensivas, amables sobre el papel, las palabras se tornan ahora en monstruos. Y me devoran. Nos tragan. Nos arrancan de este mundo muerto y nos lanzan sin piedad hacia un abismo donde solo gobierna la oscuridad.

La luz. Me siento caer.

La negrura llega después. No estoy seguro de querer luchar contra ella.




Un nuevo mundo

El tiempo se deshace y se esconde entre las sombras. Vuelvo al pasado. 

La sensación es la misma que la primera vez: El vacío de los recuerdos. La confusión. Incluso el dolor punzante en las sienes, que se antoja de nuevo constante. Me encuentro una vez más desorientada, sin querer abrir los ojos ante las voces que arañan el silencio en una conversación que me es difícil comprender. En mi cabeza retorno al día en que empezó todo. Me imagino tumbada en una cama mullida, tapada con suaves sábanas blancas. Intento identificar las voces que vibran en el aire como las de una impertinente y orgullosa Lottie y un comedido Yinn.

—Sus ropas son extrañas.

—No tanto.

A mi alrededor parece condensarse un aroma a lavanda idéntico al que siempre ha inundado mi habitación… No. No mi habitación. La habitación de Marcus. Gimo. Es su recuerdo el que me trae a la realidad. No está a mi lado. No siento sus brazos acunándome como cada noche. Como cada amanecer, cuando aún dormido me estrecha fuerte contra su pecho. A veces me parece que tema que vaya a desaparecer de su lado…

Desaparecer.

—¿Por qué la habéis traído aquí?

—Parece rica. Muy rica. Esas telas no son cualquier tela, aunque no lleva joyas. Además, rondaba cerca de nuestra posición. Si es uno de esos despreciables miembros de la familia real merece…

—No lo es.

Del mismo modo que se habían hundido en un intento de darme tregua, los recuerdos emergen. El titular en el periódico ocupa mi cabeza hasta que no parece haber nada más. “Angus Kendall aparece muerto”. La tipografía utilizada para remarcar el artículo y  cada palabra de la noticia se han clavado profundamente en mi memoria. De igual modo me sobrevienen todos los sentimientos que amenazaron con rebasarme en ese momento. La angustia. El miedo que me heló la sangre. La seguridad. «Vienen a por mí», pensé. El asesinato del hijo de Bryan Kendall parecía decirme encubiertamente que yo sería la siguiente. El rostro de Yinn, tan pálido; sus ojos que me miraban sin comprender…

—No deberíamos fiarnos de eso. Mírela. No parece que haya trabajado en su vida. Sus manos son lisas y su piel demasiado blanca: es obviamente noble.

—Te estás equivocando.

Noble… Es una palabra extraña. ¿Hablan de mí? Yo no lo soy. Mi piel no es tan blanca como la de esos aristócratas insoportables de Albion. Yo sé lo que es conseguir las cosas por mi propia mano. He luchado siempre por lo que he querido. Nada de lo que tengo me ha sido regalado. Nada de lo que tenía antes de llegar a Amyas… antes de conocer a Marcus…

Marcus.

Él también me viene a la mente. Recuerdo subir las escaleras como una exhalación. Esperar verle en el despacho. Desear quedarme contra su pecho, llorar, suplicarle que me disculpase por haberle ocultado todo durante tanto tiempo. En ese momento solo podía pensar en decir la verdad, en explicarle lo acontecido con Rowan, el libro y Angus Kendall. Quería escuchar de su boca que no nos pasaría nada malo, que seguiríamos juntos.

Pero él no estaba allí.

La imagen de su silla vacía al otro lado del escritorio todavía me detiene el pulso. La visión de aquel tomo negro cuyo mundo se había tragado años atrás a toda su familia: primero a su madre, después a su padre. Ahora, como si ese maldito libro se tratase de una cárcel a la que van a parar las personas amadas, arrastraba a Marcus. Él no me había llevado consigo. Ni a mí ni a Lottie. Pero me había prometido un regalo. Esa misma mañana me había besado en los labios y me había dicho que esa noche sería especial… y yo intenté seguir creyéndolo. Necesitaba seguir creyéndolo.

Intenté mantener la esperanza. Lo esperé hasta la medianoche, convenciéndome de que no tardaría en llegar. De que volvería, de que aquellas páginas antiguas le escupirían negándose a guardarle entre ellas. Pero no pasó. Las doce tocaron como si marcasen mi propia sentencia final…

Y llegó la luz.

—Sea justa, jefa. Las capas de ropa que llevaba podrían cubrir a todos los nuestros y aún sobrarían para hacer mantas que nos librasen del frío por las noches. ¡Es una maldita noble!

—No es de aquí. ¿Has visto a alguien con ese tipo de vestidos?  

Hay un bufido.

—Será una noble de algún otro lado. Una visitante de alguno de esos países exóticos más allá de la frontera de Seelen. Quizá ese mal nacido que se hace llamar nuestro Rey haya decidido prometer a ese bastardo de Kenneth con alguna princesa de un reino venido a menos pero con fortuna. Una vasalla que tenga a bien cumplirle todos los caprichos…

—Me temo que estás adelantando acontecimientos, Rick. Pero ella misma nos lo dirá.

Cuando me cogen del rostro me quejo. Emito un gemido y aprieto los párpados. Me duele la cabeza. Siento las ganas de vomitar subiendo por mi garganta, atrancadas allí durante mi inconsciencia. Recuerdo el golpe. Recuerdo haber caído sin tener noción de tiempo o espacio. Era noche. Solo fui capaz de ver la luna y las estrellas alumbrando un paisaje vacío de cualquier otra cosa que no fuera hierba. Hierba seca, por cierto, que me arañó manos y cara. Las innumerables faldas interiores salvaron mi cuerpo de mayores estragos, pero el corsé no ayudó a que recobrase el aliento arrebatado en la caída. Solo tenía un pensamiento: Marcus. Debía encontrarle. Si el libro lo había llevado hasta aquel lugar, yo debería aparecer a su lado… No había podido pasar mucho tiempo desde su marcha hasta mi propia llegada a ese otro mundo.

Pero él tampoco estaba allí.

Me encontré sola, rodeada de oscuridad, sin saber dónde estaba o dónde ir. El sentimiento de desasosiego no tardó en llegar. Fue todavía peor que cuando llegué a Albion. En aquella ocasión nada pasó, pues no creí que fuera cierto. Soñaba. Todo había sido muy lejano, ajeno a mí. No se me planteaba siquiera la posibilidad de que la bestia que me vio llegar a Amyas fuera real. Sin embargo, al aparecer aquí sabía que todo lo que pasaba era verdad: que realmente los libros podían transportar a las personas, que yo había sido tragada por las páginas de uno, aunque no terminaba de entender cómo o por qué. Que fuese cual fuese, ante mí se extendía un mundo nuevo. Una vez más había cambiado de dimensión sin pretenderlo. Sin pedirlo. Una vez más se me alejaba de todo lo que conocía, de todo lo que quería… y en ese momento fui completamente consciente de ello.

Hacía frío. Solo pude pensar en encontrar algún lugar en el que refugiarme. Marcus tenía que haber buscado dónde pasar la noche y ahora mismo estaría intentando hallar la manera de volver con nosotros. Estaría buscando el libro adecuado que lo devolviese a su mansión, a su mundo, a su familia. A mí. Si todavía no lo había hecho tenía que ser por una razón de peso: algo le retenía, algo le mantenía alejado de su hogar. De mí y de Charlotte. No podía simplemente habernos abandonado… Quizá hubiese vuelto a la que un día pudo ser la casa de su madre, pero yo no podía siquiera imaginar por dónde podría estar. Únicamente pude preocuparme por mí y suplicar al cielo por algún techo cercano. Solamente durante la noche, para no perderme. Solo necesitaba encontrar a una persona que pudiese decirme dónde encontrarle. Quizá si él vivió en algún momento en este mundo alguien le conociese. Necesitaba regresar con él.

Fue entonces cuando me pareció reconocer una luz, después de haber caminado con el peso en el corazón y aquel dolor insistente en la cabeza durante lo que se me antojaron horas. Me apresuré hasta ella, pero nunca la alcancé. El fuego se disipó y las sombras me tragaron cuando recibí un golpe seco en la nuca. Todo el mundo se derrumbó en ese momento y yo solo pude dedicar mi único pensamiento al conde que no me abrazaría esa noche.

Unos dedos se clavan en la piel de mi cara para traerme de vuelta al presente. Aprietan mi mentón y mueven mi cabeza. Vuelvo a quejarme. Aunque estoy despierta no quiero abrir los ojos. Hacerlo sería admitir que nada ha sido un mal sueño, aunque esta vez no confío tanto en la idea de que todo sea únicamente una fantasía.

—Muchacha.

Entreabro los párpados. No puedo evadir más la realidad. Las formas difusas y nubladas de unas figuras me reciben. No soy capaz de enfocar bien todavía. Lo único que distingo al principio es el color cobrizo de unos cabellos. Un color como el suyo…

—Marcus…

Hay silencio. Se alarga durante un par de segundos, aunque pronto el gesto de esa mano en mi cara se vuelve más brusco. De nuevo vuelven las ganas de vomitar. Esos no son los dedos tiernos de Marcus, ni ese agarre es el suyo.

—Despierta. Vuelve en ti, muchacha.

Es una voz femenina, firme y fuerte, bastante madura, que me hace ser más consciente de todo lo que hay a mi alrededor. Noto, por ejemplo, mis brazos descubiertos de ropa. También los pies están descalzos. Cerca debe haber un fuego, porque pese a todo hay calidez en el ambiente. No estoy en ninguna cama: el suelo está duro bajo mi cuerpo, aunque debe haber alguna manta que me salva de entrar en contacto directo con él. No noto la pesadez de mi vestido y, ahora que me fijo, mi pecho puede respirar con normalidad.

Tras un par de parpadeos más, el mundo adquiere consistencia.

Frente a mí hay unos rasgos de mujer. Las arrugas que marcan su frente y su expresión seria no son capaces de restarle belleza a un rostro que tiempo atrás debió ser muy hermoso. Pasará de los cincuenta. Su cabello sigue siendo largo pese a los años, ligeramente desvaído por las canas, que parecen ser reflejos de plata que la luna ha plantado en sus mechones. Los labios son pequeños, fruncidos en un mohín de impaciencia. Sus ojos marrones brillan todavía con la fuerza y el ímpetu de la juventud, pero con la seriedad y la sabiduría de quien ha vivido demasiado. Algo en su mirada es desgarrador y helado, como si ocultase en su color térreo el sufrimiento de toda una vida y no pudiese permitirse sentir más.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien…

Miro alrededor con los ojos entornados. Apenas veo nada en la semioscuridad del espacio en el que me encuentro. Solo paredes de piedra iluminadas por un fuego que han encendido cerca de mí. Eso calienta mi cuerpo… casi desnudo. Solo la ropa interior (los pololos, las medias y la camisa interior) me cubre y pronto me doy cuenta de ello. La marca en mi hombro es completamente visible gracias a mi camisola descolocada. Allí sigue, imborrable pese al cambio de mundo, la estrella impresa en ese libro abierto.

Me incorporo, sorprendida, pero pronto me doy cuenta del error que he cometido con mi precipitada acción. La cabeza vuelve a darme vueltas y una vez más siento esas horribles náuseas subiendo por mi garganta hasta mi boca. Siento que podría desmayarme igual que lo hice en su día nada más llegar a Albion. Los brazos de esa desconocida mujer son los que me salvan de caer. Me apoya contra su pecho cálido y yo me obligo a tomar aire, parpadeando en un intento de que el mundo a mi alrededor deje de moverse.

—Mi ropa…

—Han tenido a bien quitarte tantas capas y repartirlas entre gente que les dará un mejor uso que tú. Te han confundido con alguien que no eres, muchacha. Porque no eres noble… Ni siquiera eres de aquí, ¿verdad?

—No… No soy de aquí, yo…

—Te lo dije, Rick.

La otra figura bufa. Yo solo soy capaz de observarle de reojo, todavía intentando recomponer mis ideas. Da un par de pasos hacia delante y las llamas del fuego encendido le iluminan. Viste ropas pobres: camisa sin botones y desgarrada tanto por el tiempo como por el uso. Las calzas que cubren sus piernas son apretadas y también parecen viejas. De su cinto cuelga una espada gruesa y larga, muy diferente al estoque elegante que Marcus esconde en su siempre inseparable bastón. El muchacho tamborilea constantemente con los dedos en el pomo, en un gesto que me transmite impaciencia, así como su ceño arrugado. Es como si un bandido de alguna película ambientada en el medievo hubiera salido de la pantalla y se presentara ante mí. No parece muy mayor, quizá algunos años más que yo y pocos menos que Marcus. Aún así, parece desgastado, como si estuviera consumiéndose poco a poco: sus pómulos están pronunciados, mostrando la sombra de su barba, y aunque tiene una espalda y unos brazos formados, seguramente conseguidos a base de ejercicio físico, está demasiado delgado. Su mirada turquesa brilla inteligente, más adulta de lo que él mismo aparenta ser… y desconfiada.

—No me fío de ella.

—Tu jefa, en cambio, sí. Y estás aquí para obedecerme. ¿No es así, Rick?

Un rechinar de dientes por parte del insubordinado, que pronto agacha la cabeza.

—Sí, jefa.

Vuelvo la mirada a la mujer, que me observa. Me insta a volver a tumbarme y yo no presento protestas. Me llevo una mano a la cabeza y mascullo algo en contra del bastardo que me golpeó allí.

—Ese bastardo fui yo —comenta naturalmente el muchacho. En su voz casi reconozco un punto de orgullo—. Y no me arrepiento. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes, si no eres de aquí? ¡No me creo que no seas noble! ¿Qué hacías rondando cerca de la cueva?

Veo la exasperación de la mujer cuando deja los ojos en blanco, aunque esta vez no le interrumpe. Yo la miro en silencio durante un segundo. No sé qué responder y entiendo que ella también tiene interés en que cuente mi historia. Pero no me creerán. ¿Quién creería a alguien que dice que ha llegado aquí a través de las páginas de un libro? Esas cosas solo pasan en Amyas. Sea el mundo que sea estoy convencida de que en cualquier otro lado me tildarían de loca, cuanto menos. Por eso boqueo, intentando ordenar mis ideas. Tengo que elaborar una historia lo suficientemente creíble como para que al menos dejen de verme como una posible amenaza. Pienso en la ironía en la que me veo envuelta: en Albion intentan matarme por ser extranjera; en esta dimensión me toman por noble y por tanto soy todo un peligro.

Entonces me doy cuenta de que no puedo perder el tiempo en eso. No sé dónde estoy, no sé quién es esa gente, pero más allá de eso no sé dónde está Marcus y el tiempo corre. ¿Y si él vuelve a Albion antes que yo? Podría quedarme encerrada una vez más, en otro mundo distinto al mío…

Y esta vez, sin él.

—Tengo que irme —aseguro haciendo ademán de levantarme. Es lo más importante. Tengo que salir de aquí. Tengo que encontrar la manera de llegar hasta Marcus, esté donde esté.

—Me temo que no vas a ir a ningún lado. —La voz femenina es tajante y su mano, arrugada por el paso de los años, toca mi hombro para indicarme que me tumbe de nuevo—. No sabes ni siquiera dónde estás, ¿no es cierto?

Mi mirada vuelve una vez más a la mujer. Me produce sentimientos encontrados y me confunde: ¿está conmigo o contra mí? Ella solo fija sus ojos en los míos con determinación, casi como si me retase a llevarle la contraria. Viste casi igual que el muchacho que la acompaña, con ropas de hombre: calzas y camisa. Me cubre con una manta que parece hecha con la piel de algún animal, quizá para instarme a quedarme donde estoy. Me gustaría explicarle que no tengo tiempo para interrogatorios o injustas desconfianzas, pero muy a mi pesar entiendo que tiene razón. No puedo simplemente marcharme y volver a caminar a la deriva por un mundo desconocido. En Albion la Casualidad o quizá el Destino fueron benevolentes conmigo y pusieron al conde en mi camino. En este mundo puede que esos factores no estén de tan buen humor.

—¿Dónde estoy? —pregunto. Quizá ellos puedan ayudarme. Hay algo extraño en esos ojos marrones que me miran. No acierto a entender si en ellos está el deseo de ayudarme o acaso sospechan tanto de mí como el muchacho de espada al cinto.

La líder titubea. Parece intentar ordenar sus palabras o considerar qué respuesta debe darme. Hay preguntas tras su mirada que no se atreve a formular. La veo humedecerse unos labios que algún día guardaron besos pero que ahora están marchitos y rotos por el frío y los arañazos de una vida que aparentemente no le ha sido amable. Se levanta, pues durante nuestra conversación ha estado acuclillada frente a mí. El chico, Rick, la sigue con la vista solo un segundo, antes de volver a clavar sus pupilas en mi cuerpo. No le gusto, aunque no sabría decir por qué. Quisiera explicarle que los nobles, allá de donde vengo, me repugnan a mí tanto como a él.

—Estás en Seelen, pero supongo que eso no te dirá nada.

—Jefa, esta chica probablemente sea muy consciente de…

—Cállate o márchate, Roderick.

El joven da un respingo, claramente sobresaltado por la orden. Balbucea algo incomprensible y mira a la mujer con una expresión desolada, casi con ojos de cordero degollado. Probablemente no pueda creerse que le echen con tanta tranquilidad.

—¡La he traído yo! ¡Quiero ser yo quien la juzgue! Os está engañando, jefa, no sé cómo no puede…

—No sé qué es Seelen.

Los dos se giran hacia mí. Me he vuelto a incorporar y les miro entre las pestañas. Rick me observa con el ceño fruncido. Abre la boca, pero su superior alza una mano para hacerle callar. Espera a lo que tenga que decir.

—No sé qué es Seelen —retomo— y no sé cómo he llegado aquí. Bueno, en realidad sí que lo sé, pero no lo creeríais.  

Vislumbro un centelleo en la mirada de la adulta, pero aún así ella no separa los labios. Quiere que continúe. Veo una velada invitación a decir todo lo que tenga que decir, por muy nervioso que ponga eso a su acompañante. Capto la frustración del chico en el gesto inquieto de su mano sobre la espada. El tamborileo de sus dedos y el crepitar del fuego es lo único que rompe el silencio. Trago saliva, buscando las palabras precisas para continuar.

—He… venido de muy lejos. Mucho. No soy noble. Soy lo menos noble que podáis conocer, lo juro. No sé dónde estoy, estoy perdida y no tengo dónde ir ni con quién. Anoche… —Me doy cuenta de que ni siquiera sé cuánto tiempo llevo dormida, así que sacudo la cabeza y me corrijo: —Si rondaba por aquí cerca era porque buscaba refugio. Hacía frío y ya os he dicho que no tenía otro sitio al que ir. No busco hacer daño a nadie. Solo he venido aquí buscando a alguien…

—¿A quién?

La pregunta nace de labios de mis dos interlocutores, aunque sus tonos son muy diferentes. La mujer parece ansiosa, con su boca fruncida en ese mohín de impaciencia que no ha abandonado en ningún momento. Me mira de nuevo con esa fijeza perturbadora. Su subordinado, en cambio, casi ha gruñido al hablar. Sigue sin creerme. Son diferentes. Algo me dice que ella confía en mí, aunque no entiendo qué razones podría tener para hacerlo. Él, sin embargo, se mantiene susceptible a aceptar todas las lagunas que presenta mi historia. Intenta protegerse. O quizá no intente protegerse a él, sino a los suyos. En sus dientes apretados, en sus palabras silbantes, hay odio, rencor y más desconfianza de la que puedo enfrentar.

Pese a todo me doy cuenta de que esta puede ser la oportunidad que necesitaba. Este es el mundo de Marcus. Puede que le conozcan. Quizás sepan quién es, a pesar de los años que él lleva sin venir, huyendo de su pasado. La casualidad sería infinita, pero no puedo desestimar ninguna posibilidad. Tengo que llegar hasta él, cueste lo que cueste. Y pronto.

—Se llama Marcus… Marcus Abberlain.

El apellido vibra en el aire solo un segundo antes de que la espada de Rick silbe al salir de su vaina.

Antes de que pueda reaccionar, su filo amenaza mi cuello. 











¡Gracias por leer! ¡La semana que viene, más! <3 

5 comentarios:

  1. ¿Pero cómo nos dejáis así? Ains mi pobre Ily lo que sufro con ella. Necesito ya el capítulo de Marcus o mi patata no soportará mis feelings

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  2. Gracias por acordaros de los pobres necesitados de más historia ^^

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  3. Ay, que esa igual es la madre. O Rick es el familiar o igual son familias enfrentadas en plan Romeo y Julieta. O algún miembro de las dos familia dio plantón a otro de la otra familia. LA MADRE LE DIO PLANTÓN A ALGUIEN DE LA FAMILIA DE RICK. Ostras, lo veo. ¿Lo he adivinado? Oioioioi, ya quiero que sea el jueves que viene *-*

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  4. Al fin! Desde hace mucho que esperaba la continuacion de esta novela y por fin se me ha cumplido. Creo que fue mala idea nombrar el apellido de Marcus e.e
    YA QUIERO QUE SEA LA PROXIMA SEMANA!!! T.T
    Quiero capitulo de Marcus. Lo necesito, pero presiento que tendremos mas de Ily por el momento

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  5. buenassss, hace mucho que no se actualizan los capítulos y estoy deseosa de saber que va a pasar con Marcus e Ily :) muchos besis y ojalá volváis a subir pronto.

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