jueves, 6 de diciembre de 2012

Reseña: El camino de baldosas amarillas, Juan de Dios Garduño



Y después de mucho, mucho tiempo, Iria regresó por estos lares… Como siempre: perdón por estas pausas en el blog. Si tuviera más tiempo para dedicarle a este pequeño espacio y a las lecturas que se me amontonan en la encimera, lo haría. Pero lamentablemente no es así. ¡Menos mal que ahora se acerca todo un puente lleno de libertad! ¿Vosotros os vais de vacaciones? ¿Qué planes tenéis?

Hoy os traigo una reseña de un libro lleno de drama, terror y realismo. Una historia de amor, también, pero no una historia de amor al uso. Si no conocéis a Juan de Dios Garduño, autor de “Y pese a todo”, deberíais empezar a hacerlo. ¡Dentro reseña! 


Ficha técnica
Título: El camino de baldosas amarillas.
Autor:  Juan de Dios Garduño.
Editorial: Tyrannosaurus Books
Género: Terror/Drama
Páginas: 196.


Sinopsis

Las cosas no son fáciles tras la Guerra Civil. Una fría noche de diciembre, el pequeño Torcuato es obligado a abandonar todo aquello que ama cuando, debido a un desafortunado incidente, ingresa en un manicomio de Valladolid. El único lazo que conservará con su pasado será un viejo libro prestado, El maravilloso mago de Oz.
En los siniestros pasillos del psiquiátrico, Torcuato tendrá que hacer frente a sus propios miedos mientras intenta convivir con los extravagantes inquilinos que ahora comparten su vida. Pero lo que no sabe nadie es que en lo más profundo del centro, el mal ha cobrado forma y aguarda a una nueva víctima.
El Camino de Baldosas Amarillas es una emotiva novela del escritor Juan de Dios Garduño, situada en la posguerra española que habla de la crueldad humana y el egoísmo, pero también de la amistad, el amor, el sacrificio y el instinto de supervivencia. Un retrato de la naturaleza humana al completo envuelto por un espeluznante relato de auténtico horror con ecos victorianos.



Reseña
Torcuato no se puede ni imaginar el giro que va a dar su vida cuando su padre le comunica que no va a volver a ir a la escuela. Son tiempos duros y el trabajo debe ser la prioridad de cualquier familia pobre si quieren seguir adelante. El niño, que no cuenta con más que doce primaveras, pensará que no asistir a la escuela, no poder ser profesor como él quería, será la peor pesadilla que pueda recibir. Lamentablemente, no es así. Tras un incidente que, pese a pasar en el primer capítulo, no voy a desvelar, Torcuato se encuentra de pronto siendo un paciente más del manicomio San Juan de Dios (curioso que el autor decida bautizar al manicomio con su propio nombre), escuchando una molesta voz en su cabeza y descubriendo que su pesadilla no ha hecho más que comenzar. Para superarla solo va a tener un libro, lo único que le liga a su antigua y feliz vida: El maravilloso mago de Oz será, desde el principio, su compañero de aventuras.

Si tengo que denominar la novela de alguna manera es “emotiva”. Quienes me conocen saben que es todo cuanto puedo buscar a la hora de leer: si consigue emocionar, papel cumplido. Si consigue expresar, hacer que sintamos, hacer que lloremos… No creo que pueda haber mayor satisfacción que eso. Y este libro lo ha conseguido. De entrada diré que me habían advertido de que era un libro duro, pero o yo soy muy dura o a mí no me lo ha parecido tanto. Más bien lo denominaría como un libro realista: es una novela que habla del ser humano, de la realidad, que bien puede ser la de la posguerra como podría ser la de ahora. El problema del hombre es que tiene todas las herramientas para evolucionar y nunca lo hace: sigue siendo egoísta, cruel, avaricioso y orgulloso. “El lobo es un lobo para el hombre”, que decía nuestro buen amigo Hobbes. Pero voy a intentar no desviarme para decir que el mundo apesta (uy, ya lo he dicho) y centrarme en la reseña de la novela.

¿Por qué la gente hacía cosas así? ¿Por qué habían pagado por pegarles? ¿Por diversión? ¿Por qué nadie había hecho nada por detenerles? ¿Y Carlos, y el director Apolo Sánchez? ¿Por qué había guerras o guardia civiles malos? Muchos “por qués” y muy pocos “porque”… él no tenía respuestas y dudaba que alguien las tuviera, porque aquello no era cuestión de que se tratara de temas de adultos. Torcuato estaba seguro de que ellos tampoco podrían responderle.

En El camino de baldosas amarillas encontramos una historia llena de amistad, sufrimiento, dolor, locura, realidad y amor. Debo decir que una de las cosas que más me han gustado de la novela ha sido, precisamente, la historia de amor. Me ha sorprendido la naturalidad con la que surge: podría ser precipitada, pero hablando de un niño de doce años resulta de lo más natural. Qué tiempos aquellos en los que creías haber encontrado el amor de tu vida casi sin dos palabras por vuestra parte y a nadie le parecía extraño. El amor entre Torcuato y Agnus (que así se llama su amada) es un amor infantil e inocente que pronto se convertirá en la razón fundamental por la que luchar y salir adelante.

“¿De verdad había pensado que era fea? No, no, era guapísima. Al momento volvía a discutir consigo mismo y a decirse que era la chica más fea que hubiera visto en su vida, y tonta, que no se te olvide, se decía también. Tienes que dormir, vamos. Cerró con fuerza los ojos, frunció el ceño, volvió a abrirlos, cambió de postura de nuevo, aguzó el oído cuando alguien gritó en la otra punta del pabellón. Se incorporó un poco y vio que no pasaba nada. Acostúmbrate a esto, es lo que te queda, se repitió por quinta vez esa misma noche. ¿Cómo estarán Madre, Padre y Julián? Agnus, Agnus, Agnus. Ella era su sarna. Volvió a dar un brinco en la cama para cambiar de postura. Dormir, necesito dormir. Agnus. No, Agnus no. Sí, quiero verla. Te cae mal, ¿qué dices? No me cae mal, me gusta. ¿Cómo? ¿Estás loco? ¡Es tonta y fea!”.

Hablando de estos dos personajes: debo decir que todo el elenco de “locos” (esta es una de esas novelas en la que se demuestra que la locura a veces es mucho más válida que la cordura) me ha encantado. Quizá me ha parecido que los personajes estaban todos muy definidos y he encontrado solo blancos y negros en vez de una determinada escala de grises, eso sí. Pese a todo, desde Carlos (el personaje más interesante de toda la novela) a Copperfield (el personaje al que más he amado, amo y amaré siempre) todos tienen su punto atractivo. Copperfield es mi personaje favorito por varios motivos: el primero viene dado por su nombre, de modo que no es el argumento más objetivo por mi parte. Este loco cree de veras que es el gran David Copperfield de la obra de Dickens. Cree que vivió su vida, que conoció a todos los personajes dickensianos de la novela, que residió en Londres… Está absolutamente convencido de que su nombre es David Copperfield, habla en palabras sueltas en inglés y va siempre con un elegante sombrero de copa sobre su cabeza, comportándose como un verdadero caballero victoriano. A pesar de ser un personaje secundario, todas las escenas en las que aparece están llenas de gracia y vida: es un soplo de aire fresco en la tensión reinante, un personaje de matices, encantador y sufrido a partes iguales; un personaje muy bien formado y desarrollado y que llama la atención en cada una de las escenas en las que aparece. El Copperfield de Juande Garduño me ha robado el corazón.

Respecto al protagonista, Torcuato, también me ha gustado bastante, pero más lo ha hecho la voz en su cabeza, siempre molesta y aterradora. Me ha encantado la lucha constante que el esquizofrénico mantiene con ella durante toda la novela, cómo se ve perfectamente que una de las luchas del libro es consigo mismo. Aunque al principio es solo un niño, finalmente se desarrolla y crece de una manera bastante natural: a veces actúa como un verdadero adulto, pero después de lo que ha visto es imposible que obre de otra manera. Eso sí, quizá lo único que no me ha convencido tanto han sido sus enfrentamientos con adultos: que madure no quiere decir que un chiquillo como él pueda enfrentarse en fuerza o altura con otros mucho mayores, especialmente si no es un bracero como eran sus hermanos y su única preocupación hasta el momento de ingresar en el manicomio eran los libros y la escuela.

Y después está Agnus, mi querida Agnus. Yo comprendo a Torcuato cuando dice que es lo mejor que le ha pasado en su vida: aunque molesta en ocasiones, Agnus es todo ternura y energía: no parece afectada por el lugar en el que se encuentra, sino que siempre sonríe como si lo que pasase alrededor sencillamente no fuese con ella. Un personaje bien formado que se entiende todavía más al desarrollarse la novela.

“Y entonces Torcuato supo lo que era un beso y conoció lo que era el amor. Amor era aquello, amor era un dios y el beso su profeta. Amor era sentirse morir quemado por dentro y renacer de las propias cenizas, amor era volar hasta el firmamento y abrazarse a una estrella”.

Respecto al estilo del autor, nada que decir: es directo y solo se centra en matices y desarrolla descripciones cuando es estrictamente necesario. Quizás por eso en ocasiones he echado en falta alguna descripción (una en especial) más, pero nada que me haya interrumpido la lectura. En conclusión: en ocasiones hermoso, siempre con un punto muy personal, la pluma de Juan de Dios Garduño ha conseguido convencerme por su manera de transmitir. La tensión, el enamoramiento, el miedo: Juande sabe cómo hacer llegar emociones.  

“Era un delfín que atravesaba olas saltando fuera del agua; Torcuato nunca vio uno de verdad, aunque sí que había dibujos en sus libros de la escuela, así que él era un delfín dibujado con bellos y concisos trazos azules. Tampoco vio nunca el mar, pero sabía que era infinito y que por las noches vomitaba constelaciones enteras, y él era un delfín que cabalgaba sobre las olas bravas, uno valiente que surcaba los mares libres y vastos sin cansarse”.

Pero no todo va a ser bueno: hay un par de cosas de la novela que no puedo evitar resaltar. En primer lugar, el ritmo. Es acelerado… mucho. Demasiado. En ocasiones en las que la acción pide más espacio se resuelve con demasiada inmediatez, los hechos se atropellan unos con otros y no tienes muy claro qué acaba de pasar. Entiendo que pueda ser un recurso para aumentar la tensión de la escritura, pero consigue todo lo contrario, porque tienes que detenerte y volver a leer, de modo que interrumpe la lectura más que beneficiarla.

La segunda cosa es algo puramente personal: dado que toda la novela es tan original y cruda precisamente por su realismo no me ha gustado que se incluyese un elemento sobrenatural prácticamente al final de la novela que me parece que le quita brillantez al resto del conjunto. En vez de aportar nada a la historia, le resta; no he podido quitarme la sensación de encima de que estaba de más. De hecho, este elemento fantástico queda muy poco desarrollado, así que he echado de menos algo más de historia, algunos cuantos “por qués”. Es más, el personaje de Torcuato pierde también realismo en esta parte de la novela, sencillamente aceptando lo sobrenatural como si fuera lo más normal del mundo. Me ha parecido que la resolución ayudada por esto queda muchísimo más fría y menos interesante de lo que podría haber llegado a ser.

En definitiva, una buena historia con buenos personajes y muy emotiva. Quizá podría haber sido más redonda con algunas páginas más o un final mucho más desarrollado en general, pero aún así, merece la pena entrar en el manicomio de San Juan de Dios (Garduño). ¿Te atreves? 

 3 de 5

4 comentarios:

  1. Acabo de descubrir tu blog, ¡te sigooooo! =)

    Un besiiito ^^

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  2. Hola!
    Acabo de hacer una reseña del libro en el blog! ^^
    Aquí os dejo el enlace: http://lasfantasiasdelaura.blogspot.com.es/2012/12/petalos-de-papel-de-iria-g-parente-y.html
    Besos!

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  3. Supongo que hay gente que está más preparada para aceptar lo sobrenatural que otros, aunque sí es verdad que hay libros en los que se pasan de naturalidad :) Gracias por la reseña, te sigo!

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  4. Te nominé a Espacio que fomenta la literatura :) http://libros-fantasia-magica.blogspot.com.ar/2013/01/feliz-2013.html

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