martes, 24 de abril de 2012

La Bailarina del Tiempo. Ilustración de Verónica Casas y Javier Charro.

(Time Dancer, Verónica Casas + Javier Charro)

Me pregunto si habrá alguien que tenga poder sobre el tiempo. Imaginémoslo por un segundo: un dios o una diosa capaz de manejar las agujas de los relojes a su antojo. Un Chronos que se riese de los pobres mortales que tiene a su disposición. Una titiritera, quizá, que manejara nuestros hilos con una cruel parsimonia. El tiempo sería suyo. Nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro.

El tiempo me angustia. Quizás ha empezado demasiado pronto a hacerlo, pero así es. No dejo de imaginarme a una bailarina que en su danza infinita acaricia los segundos inexorables. Los seduce y los rinde en su movimiento. Los maneja, los llena y los lanza hacia nosotros. Ella puede mimarlos, pero para nosotros pasan a nuestro alrededor sin que seamos conscientes de que lo hacen.

¿Cómo podría dominar los segundos? Puede que sea una pregunta estúpida, pero entonces vuelvo a imaginar a esa bailarina. Quizá si nuestros movimientos tuvieran su misma calma, quizá si no intentásemos correr hacia lo inalcanzable, podríamos jugar con el tiempo. Podríamos hacerlo nuestro y manejarlo. Podríamos sentir que pisamos en presente y que somos dueños de cada una de las cosas que ocurren. Nada se nos escaparía de las manos; si lo hiciera, en todo caso, ¿qué importaría? Cogeríamos el segundo en el que todo ha cambiado y lo disfrutaríamos, dejando atrás la sorpresa o el miedo.

¿Qué pensará la bailarina del futuro? Por un momento imagino que ella puede verlo. Que puede tener seguridades, que puede saber para qué estamos hechos cada uno de nosotros. Que puede saber, mirando su gran colección de relojes (porque sin duda mi bailarina tiene miles de relojes: de cuerda, de bolsillo, de arena…) todo lo que nos depara a cada uno de sus súbditos. La Bailarina del Tiempo debe ser omnisciente. Debe saber qué ocurrirá mañana o dentro de diez años. Quizá baile al son de todos los latidos que se acelerarán o se detendrán en unos minutos. Quizá el sonido que escuche y al que se rinda sea el de risas y lloros entremezclados, el de despedidas y reencuentros, el de finales abruptos y comienzos inesperados. Ella debe saberlo todo. Todo del tiempo. Todo de nosotros.

Creo que me gustaría conocerla. Si existiera esa bailarina que a veces imagino, iría y le diría: “eh, tú, deja de reírte de mí”. Estoy segura de que se divierte a nuestra costa, que lo observa todo desde su recóndito rincón más allá del mundo y baila eufórica sabiendo que ella está libre de nuestro castigo temporal. No le afectará el tiempo en ninguna de sus formas: siempre será bella, siempre será joven. Pero más aún: no sufrirá la incertidumbre. Nunca dudará de estar haciendo lo correcto, nunca sentirá el suelo amenazando con derrumbarse bajo sus pies. Por eso, porque lo sabe todo, es capaz de bailar sobre terreno firme.

Creo que también le preguntaría por mí. Le diría: “deja de bailar. Mírame y dime: ¿estoy haciendo lo correcto? ¿Qué es lo correcto? ¿Qué me espera? ¿Dónde estoy? ¿Dónde voy? ¿Cuánto? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Cuándo?”. Y mil preguntas más que solo serían respondidas (no me imagino otra contestación de su parte) por su risa y su movimiento distraído de caderas. Miraría a mi alrededor y allí solo estarían los relojes: todos juntos, miles, nuestros, de todos. Escucharía las carcajadas y los llantos, los palpitares que empiezan y acaban, las despedidas y los reencuentros. Y entre todo aquello, no sería capaz de encontrarme.

Vuelvo a la realidad. Aparto la mirada del reloj y suspiro. A mi alrededor, silencio.

En mi cabeza resuena su risa macabra con textura de segundos.

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