sábado, 21 de abril de 2012

Despedida. Pintura por Edmund B. Leighton.

(God Speed por Edmund Blair Leighton)

Despedida

La guerra llegó de improviso, trayendo consigo nubes negras y rostros tristes. Los hombres decidieron partir a caballo para defender el reino. Las mujeres rezaban por sus almas y sus cuerpos, aunque eran conscientes de lo inútil de sus plegarias: si Dios decidía llevárselos consigo, nadie podría impedirlo.

Él también se marchaba y eso trajo la desolación a los corazones de los amantes. El caballero se despidió con mil palabras que hablaban de delicias futuras. Dejó en sus manos un anillo y se vistió la armadura con sagrada ceremonia. Cuando estuvo sobre la grupa del caballo su mirada pedía clemencia a los cielos, pero ninguna divinidad escuchó sus ruegos. Ella, en cambio, que sabía leer todas sus expresiones, reconoció en sus ojos la agonía. Se acercó y, desde la balaustrada, se inclinó sobre la fría piedra. Con la promesa de que lo protegería le ató una cinta a su brazo, como símbolo de su amor. Había añoranza en su joven rostro. En sus cabellos brillaba el sol, que se asomó desde su cama de nubes para observarlos. En sus labios residía un beso que aguardaría hasta que regresase. Un suspiro le confió al oído que él siempre sería el único. El gallardo guerrero supo que nunca olvidaría aquella imagen divina, de cuadro renacentista, de sueño traído en el delirio del primer amor.

Y así se separaron.

Pasó el tiempo. Los tiernos capullos de las flores se abrieron y luego sus pétalos se marchitaron hasta morir. Los frutos colgaron llenos en las ramas de los árboles y después cayeron a la tierra y a las cestas de la recolecta. Los pocos que quedaron, abandonados en el suelo, fueron picoteados por los pájaros y se pudrieron bajo el enfermo sol. La luna crecía y menguaba, respirando una vez con cada mes, pero las noticias del frente no llegaban. La guerra había apagado la vida y, con ella, la esperanza.

Ella se había encerrado en su torre. Pasaba las tardes de hastío entre hilos y retales, bordando con una canción escenas que su mente le confiaba: un par de amantes en el balcón, un caballo corriendo libre. Un caballero coronado de olivo y victoria. El beso ardiente que por meses se había gestado en su boca. Apenas comía. Apenas dormía. Los días eran largos y los latidos dolorosos. Las horas se pasaban entre suspiros acumulados en la alcoba, hasta que sentía que su corazón se ahogaba en el aire viciado. Cada noche, en sueños, una lágrima se descolgaba de su mejilla. Cuando la primera nevada se deslizó hasta el suelo ya no quedaba nada de la mujer que había visto partir a su enamorado. En su dedo, el anillo allí abandonado amenazaba con caerse.

Para cuando la más temprana de las rosas del jardín floreció la dama se había cansado de esperar. Tomó una de las monturas y salió al galope, con su cabello ondeando al sol y la promesa de una sonrisa en los labios. No podía seguir encerrada en su torre, bordando sueños con hilos de niebla. Y si las noticias de la guerra no llegaban, ella misma las buscaría por sí misma. Así pues, se embarcó en un viaje peligroso, atravesando bosques tenebrosos y fronteras que solamente los más valientes habían osado saltar.

La dama llegó al campo de batalla, desierto. Las cenizas volaban en el viento. Olía a quemado y a cuerpos muertos. En su legua sentía el sabor de la desesperación. Los hombres se mataban sin pensar en lo que dejaban atrás: allí estaba ella, por ejemeplo, huérfana de corazón y viuda de consuelo, pues no habría más vida para ella hasta que no supiese si su enamorado se encontraba entre los vivos o los muertos. Quizá, como aquel hombre que podía ver revolviéndose, estuviese sumergido en un estado a medio cambio de la vida y la muerte, en la orilla de la Laguna Estigia pero sin atreverse a subir a la barca del viejo Caronte.

Con la respiración acelerada recorrió cada esquina del improvisado cementerio, registrando rostros y heridas, brazos y prendas de amor. Encontró hombres que se habían quedado ciegos de horror, si es que no lo habían estado antes. Se topó con algunos que habían perdido el habla, si es que alguna vez habían acudido palabras sabias a sus gargantas. Hombres sordos caminaban sin rumbo, ajenos al graznido de las aves carroñeras. A algunos les faltaban brazos con los que volver a empuñar sus espadas oxidadas.

La dama llegó al límite del campo, donde las flores habían empezado a crecer. Tumbas aún frescas estaban coronadas por cruces de madera que algún alma santa se había parado a construir. En ellas no había nombres escritos, sin embargo cada una era un monumento a un soldado desconocido, que encarnaba a su vez a todos los desaparecidos. No había más testimonio de la pena que los pétalos coloridos que el viento había arrastrado. La muchacha se paró delante de cada una de ellas y rezó para que ninguno fuses su amado. Sin embargo, en la última de las tumbas supo que sus peticiones no serían escuchadas.

Al ver la cinta roja colgando inerte de la madera decidió que la vida ya no tenía sentido.

8 comentarios:

  1. bqlugbflqf QUE TRISTEEEEEE </3
    Ohh, que al o mejor es llyria que va a por Marcus *_*
    ¡¡PERO NO QUIERO ROMEO Y JULIETA!! Nada de que acaben los dos muertos. ¡NADA!
    ¿Estamos, Selene?

    Muchos besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Uy, no sé, no sé... Tengo que confesar que me encanta hacer sufrir a mis personajes. Es una aficción malsana, lo sé, pero por suerte solamente se aplica a la ficción.
      Intentaremos que Pétalos no acabe como Romeo y Julieta, pero no prometemos nada.

      ¡Gracias por leer! ;)

      Eliminar
    2. mmmmmmmm.......¿habéis leído misery, de stephen king?

      Eliminar
    3. No. Con vergüenza confieso que no he leído nada de Stephen King... ¿Por qué?

      Eliminar
    4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

      Eliminar
  2. mmmmmm... te convendría hacerlo antes de terminar Pétalos de Papel ;-)

    Por si las moscas...

    ResponderEliminar
  3. ¡No me seas malvada! Selene, que no se te ocurra matar a nadie, que voy yo y te crujo viva :P
    O peor, con la catana de Gonzalo ( <3 ) Que me cuentan que eres fan de la serie.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo no mato. Son ellos que mueren... Y deja la katana y tráemelo a él xD Es la forma perfecta de convencerme de que sea buena *insertar aquí corazoncitos a tutiplén*

      Eliminar

Se ha producido un error en este gadget.