martes, 20 de marzo de 2012

La muñeca rota. Fotografía de Juan Díaz. Modelo Barb Hernández.


(Fotografía por Juan Díaz)

Rota.

Es sólo una muñeca rota. Polvorienta. Vacía. Olvidada para siempre en un cajón, en un armario, en algún recoveco debajo de la cama. De las mil sábanas en las que ha yacido.

Mancillada. Su cuerpo de porcelana ha sido marcado con las marcas de mil choques. Cicatrices. Si uno se fija en su cuerpo maltrecho puede ver en su cara el camino de las lágrimas. Si se presta atención a su expresión falsamente reparada, a su sonrisa sin sentido, ahí están todos los golpes que le han propinado. Si uno mira en sus ojos brillantes, de pupilas sin destino ni objetivo prefijado, puede ver que ya no hay brillo. Si te detienes en sus piernas descubiertas puedes percatarte de que estas tiemblan, amenazando con no poder sostenerla en pie.

La muñeca sonríe. Sonríe frente a nosotros, dispuesta en su almacén, en su estantería, objeto de admiración. Nadie diría que está rota. Todos creen que el sonido monocorde en su pecho no puede ser de mentira. Que late fuerte, firme, y que su sonrisa y su mirada siempre fija acompaña a esa melodía de dos por dos.

Muchos la examinan. La compran, la usan y, cuando se cansan, la abandonan. Allí espera ella al siguiente cliente. Al siguiente que la utiliza y después la deseche. Allí espera la muñeca, expuesta en su estantería, en su esquina de siempre. En su juguetería, muchos niños la toman y tiran de ella. Cuando se cansan, vuelven a romperla. Y la muñeca siempre vuelve al mismo lugar. Lo hace con sus piernas temblorosas. Con su expresión velada. Con su sonrisa de niña escondida en los labios quebrados.

Nadie sabe, en la juguetería, que cuando se queda a solas, esa mirada siempre fija desaparece tras sus párpados delicados. Nadie sabe que las cicatrices vuelven a marcarse cuando las lágrimas manchan sus mejillas. Corren por su rostro y rehacen el camino de todos los cortes, todas las heridas. Cuando se tapa las manos, las gotas se filtran por su piel destrozada.

Pero después llega una nueva noche. Un nuevo día. Otro niño entre en la juguetería y la muñeca sigue ahí expuesta. Su sonrisa no parece deshecha. El camino de las lágrimas no resulta tan obvio. Las piernas descubiertas se antojan firmes. 

Y ante el nuevo niño… la muñeca sonríe.

6 comentarios:

  1. Tristemente real pero delicado. Una preciosidad.

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  2. Como no te gustan mis cumplidos, seré escueta: triste y hermoso.

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  3. Totalmente de acuerdo con Andrea y Selene, triste pero a la vez preciosa.

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