martes, 6 de marzo de 2012

El ángel caído - Ilustración de Javier Charro

(Fallen Angel, por Javier Charro)

El Ángel Caído.
Silencio.
Se alargó hasta lo inimaginable. Lo sentía a su alrededor, apresándola y rodeándola. Le calaba los huesos. Silencio. Como un puñal le mordisqueaba la piel, haciéndose sitio sobre su cuerpo, abriéndola para alcanzar su alma.

Silencio.

No había más. Sólo ella y el silencio. Sólo ella y el cielo.

El cielo.

Quedaba lejos, inalcanzable. Quedaba lejos, doloroso. No había desaparecido. Tampoco su amor por él. La habían castigado por su atrevimiento. Por su orgullo. Su castigo no había sido caer, sino no poder odiarlo. Allí estaba. Sobre su cabeza, más magnificente de lo que nunca le había parecido. La luna parecía sonreír macabra ante su desgracia. La inmensidad del firmamento se burlaba de ella con el titilar de sus estrellas. El viento traía en sus manos las carcajadas de quienes algún día fueron sus amantes.

Sus alas temblaron como no permitió que temblara su cuerpo. De nuevo su orgullo, de nuevo el pecado. Las suaves plumas no atendían a aquellos deseos tan humanos. Temblaban de miedo. Temblaban de lástima. Como si fueran lágrimas, dos de ellas se desprendieron y escaparon de la compañía de sus hermanas. El suelo quedó adornado con su pureza blanca.

Ella alzó la mirada al cielo. Su cielo. Su hogar. Su pequeño pedazo de paz, tan puro y tan preciado. Aquella casa que nunca más volvería a abrirle sus puertas. Aquel era su castigo. Poder verlo sin poder alcanzarlo. Sus alas temblaron de nuevo. No era tristeza en esta ocasión. No era un lamento velado. Era rabia, pura y ardiente. Aquellas extremidades imposibles se sacudieron e intentaron alzar el vuelo. El ángel cayó antes siquiera de haber podido levantarse.

De nuevo… Silencio.

El llanto fue lo primero que lo rompió. La pena, la culpa que nada iba a solucionar ya. Aquella rabia, aquel dolor. Su preciado paraíso se encapotó y ella amó desde la tierra cada movimiento que transcurría sobre su cabeza. Se preguntó si el firmamento reaccionaba acaso a su tristeza. Quizás la echaba de menos. ¿Añorarían las nubes su cuerpo tumbado sobre ellas? ¿Echaría de menos su cielo los besos que le enviaba al aire? No hubo respuesta. No hubo viento que le susurrara ni movimientos que le enviaran señales. No hubo nada.

Sólo quedó el silencio.

No pudo soportarlo.

Ver su cielo y amarlo cada día se convirtió en tortura.

Una amanecida, mientras sus alas todavía temblaban, decidió que debía acabar con su castigo. El primer rayo de sol de la mañana fue lo último que vieron sus ojos. Un filo cortó su mirada, una venda cubrió su pecado.

Su figura de ángel caído sigue alzando la mirada a un cielo que ya no puede ver.

El firmamento es quien llora sus lágrimas.

8 comentarios:

  1. Triste y hermoso como sólo tú sabes hacerlo. Aunque ya lo había leído, me sigue fascinando :)

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    1. Citándote a ti misma... "Boing, boing..." :)

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  2. Tristemente precioso. Me encanta!

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    1. ¡Gracias, Yolanda! Y gracias por seguirnos tan fielmente :)

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