sábado, 31 de marzo de 2012

De poetas y creyentes. Pintura por Sir Frank Dicksee.

(Harmony por Sir Frank B. Dicksee)



De Poetas y Creyentes

Era difícil concentrarse cuando la miraban con esa fijeza abrumadora. Aún así puso todo su esfuerzo en no volver la cabeza.

—Su atención me desconcentra, señor. ¿No podría al menos disimular? Vuestra actitud raya la vulgaridad.

Él no se movió. Continuó en la misma posición, como una réplica inexacta de cierto pensador.

—Os contemplo porque quiero grabar cada detalle de vuestro rostro en mi mente. Escribiré un poema sobre vos que durará mil años. Un poema que llene los corazones de los hombres de deseo y las almas de las mujeres de envidia. Les hablaré de este momento como si una diosa hubiese bajado a la tierra para bendecirme con su presencia dorada.

—¿Y qué forma tendrá?

—Será un soneto, porque es la única manera de hablar de la crueldad que demostráis al no mirarme. Solamente los sonetos capturan la belleza sin nombre de una ninfa. Seré vuestro fiel enamorado petrarquista. Yo seré Astrophel y vos seréis mi Stella.

—¿Y qué diréis de mí?

—Que en vuestro cabello brilla el sol enredado. Que en vuestros ojos hay un ángel escondido. Vuestras mejillas son rosas abiertas. Vuestros labios, nacidos para las plegarias.

—Y mi corazón frío hielo que no sabe de latir. Y aún religiosa os regalo mi desdén.

—Si no lo hicierais seríais alcanzable y, por tanto, imperfecta. Y yo no podría ser entonces poeta: los versos se escriben con heridas en el corazón. Nos enamoramos de la mujer que nunca podrá ser nuestra. A veces nos fugamos con ella contra el deseo de sus padres. Normalmente morimos jóvenes, trágicamente, y nos recuerdan por lo que podríamos haber hecho si hubiésemos durado más tiempo entre los mortales. Cuando eso pasa, las musas de nuestros poemas lloran lágrimas de cristal sobre nuestras tumbas y gritan a los cuatro vientos que deberían haber muerto ellas. “¡Qué trágica pérdida!”, dicen. Y entonces se desmayan y tienen que llevárselas en volandas del cementerio. Meses más tarde, mueren de melancolía o se suicidan.

—Es un paisaje desolador, entonces, el que deja vuestra desaparición. ¿Nunca es al revés? ¿Nunca es una poetisa la que abandona el mundo con el corazón encogido, tras escribir sonetos a un hombre tan hermoso como el verano?

—Bueno, yo no sé de ninguna. No sería decente. Los hombres no son hermosos, sino fuertes y apasionados. Las poetisas no alaban su belleza, sino que hablan de sus sentimientos. O escriben sobre el paisaje. Alguien tiene que hacerlo. A veces, muy de vez en cuando, hablan del matrimonio, de los niños o de la causa feminista. Más de una vez reflexionan sobre temas tristes como la fugacidad de la vida.

—¿No sufren por amor?

—Eso es un tema de hombres: ellas sólo enferman a menudo o acaban por volverse locas, aunque siempre conservando su fragilidad. Nadie llora cuando su corazón deja de latir: no han conocido amante y, aunque lo hubieran hecho, los hombres no derraman lágrimas.

—En los grandes poemas las mujeres languidecen en torres o castillos solitarios. En las más hermosas historias, hechizan a caballeros o logran escapar de su encierro aún a pesar de que les pueda costar la vida.

La sonrisa que el poeta le dedicó fue condescendiente y tierna a un mismo tiempo.

—Qué inocentes sois las mujeres: siempre os creéis todo lo que os cuentan.

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